domingo, 26 de septiembre de 2010

Maquinas de humo.

"Distante
cenicienta de porcelana,
el naufragio puede sorprenderte
en tu amable burdel,
encerrada en tu piel
y sin nada que ponerte. "





... Se acabó todo lo que había sido una pauta para engañarnos a nosotros mismos. Perdón, pero no se puede vivir esperando siempre.
Y acá estoy de nuevo…
Tomando el subte, subiendo las escaleras, sitiando el smog, y el ruido de la ciudad. El sol escondido en los edificios altos. La gente caminando sistemáticamente, como pequeños robots mecánicos yendo a trabajar.
Hoy visto objetivamente no parece que hubieran sido los grandes acontecimientos lo que nos cambiaron, sino los más diminutivos, los que se relacionan con los comportamientos ajenos; creo que esos son los que contribuyeron al cambio de nuestros esquemas, como más significantes.
Tenías razón, todo era triste; la lejanía de nuestro acercamiento, la erosión de esperezas, y sueños del pasado, los bríos de unas música de gloria que aun teniéndote no podía escuchar. Todo era triste, contigo o sin ti. La guerra parecía ganada desde el punto de vista de la mediocridad.

Y ahí estabas, ahí te vi. Eras tú, estaba segura.
Hubiera sido fácil atravesar esa pared de humanos que se robaban el aire, e intercambiaban alientos para decirte “hola”, atravesar esa masa de humanidad que sólo derrochan horas y posibilidades (quizás por eso te mimetizabas tanto con el entorno) pero ¿de qué nos hubiera valido? Si al fin y al cabo lo nuestro pertenece al pasado. Ese día como siempre, había demasiadas sombras devorando tu luz. Bastaba mirar alrededor para ver toda esa verdad, se te veía como ese hombre maduro, una maquina impulsada por la inercia; como esos hombres que caminan al lado de sus mujeres que tiempo atrás han sido la ilusión de sus vidas, como esas parejas jóvenes que se ignoran, como esa gente sin rumbo, con ese “remar” sin sentido. ¿No crees que pasa demasiado rápido, un largo periodo sin ilusiones?...no creo que sea verdad que la misma se torne más lenta. Seguramente la monotonía y los sin sabores la desplazan, la convierten en una dimensión sin colores. Sin partidas, sin llegadas…
Como una eterna fugacidad, y cómo todos los días se te han ido iguales: como una pendiente hacia el vacío… carente de emoción.
Todas maquinas desgastadas del tiempo y los años, de la rutina y el hastío. Estabas con tu maletín, tu camisa y tu corbata. Caminando en un tumulto de gente. Con la misma expresión en el rostro. Con la misma tristeza en la mirada. Caminando como por inercia en medio de esa ola de personas. Serio, recto. Muerto.
Aburrido…
Sigo pensando que la humanidad está enferma de eso.


DG

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