lunes, 4 de octubre de 2010

B.A.R.


“aunque tu fueses el esclavo y yo el señor mi único poder era empujarte a tu propia libertad”





A penas si recordé las veces que me había encerrado en ese bar, oscuro, lúgubre, nauseabundo. Sus paredes se pintaban con grandes manchas de humedad, y me hubiera sentido incómodo sin el humo de los cigarrillos no viciara el aire.
Pequeñísimo lugar de sombras y tinieblas petulantes, brisa marina que acompañaba mis pasos y los manchaba con un azul espuma. Pura, pura espuma.
La cerveza que acompañaba mi mano, se hubiera sentido sola sin su toqué aquella noche, desencontrada, perdida entre la multitud masculina que ansiaba compañía como yo.
Entonces la vi… una luz, luz que si la hubiese tenido más cerca me hubiera quemado los ojos. Cualquier estúpido y vulgar público la hubiera catalogado de prostituta, pero yo… ¡era deliciosa!... ¡una santa! Las piernas más largas, los carnosos labios más rojos que había visto, el pelo negro cual azabache, y sus manos: largos dedos finos, delicados… sus manos… apenas podía atreverme a imaginar mis manos sobre su cuerpo. Demasiado perverso mi pensamiento, excesivamente corriente, exageradamente normal. Jamás podría pensar de aquella forma con ella.
Fue dibujando el aire entre sus caderas, mientras caminaba hacia a mí. ¿Había notado que la estaba mirando?... me resultaba tan familiar. ¿De dónde nos conocíamos?
Me obligué a esquivar su mirada, a apretar mis labios para no modular si quiera cualquier imperfecta palabra que pudiese arruinar su tintineante y zigzagueante movimiento por la sala.
Mis ojos se iban llenado de aquella llama con la que se incineran los cuerpos. Refulgente sabor en la lengua. Campanas de gloria resonaban, ella también me deseaba pero nunca se aproximaba lo suficiente a mí. Indeciso movimiento que no se acercaba a mi contextura, sino que la dejaba olvidada mientras volaba como una paloma virgen por allí. Desplegaba sus alas, y era admirable ver sus labios rojos deambular por otras bocas, que no hacían más que atrapar su fresco aliento, y antes de beber de aquel manantial, los dejaba sin probar, deseándoles la muerte. El deseo en su propio fruto maduro, se caía por desgracia.
Vino sensualmente caminando hacia mí, provocándome, satisfaciendo mi mirada que no pedía más que sus ojos. ¡Bellísima! Esperé que no hubiese notado lo patético que me sentía. Pero a la vez ella hubiera valido cualquier sentimiento que pudiese reprocharme después.
Era hermoso contemplarla, dibujaba mi idea y la hacía aun más perfecta. Tan ideal, que solamente hubiera querido conservar esa imagen para sobrevivir el resto de mí pobre vida, después. Hubiera querido tener más luz, para apreciarla mejor, o quizás desapañar mis lentes ya colapsados de los cigarrillos, o tal vez acariciar su piel, para considerarla real. (Lo último no pasaría, en realidad ninguna de las tres) no pude evitar preguntarme ¿Cuál era el verdadero personaje que se ocultaba detrás del encaje y las medias de red?... esa era la verdadera musa de mi inspiración, la que ella no mostraba ¿no?
Se acercó mucho más a mí, tanto más que pude ver sus ojos a la perfección, su mirada, su estructura cimentada con los pedazos de su alma que caían sobre mí como arduas flechas de plomo. Vi todo, la inspeccioné, la bese con el alma, la ame de todas formas pero me levanté y salí corriendo de allí.
Es tan triste lo que vi en aquel bar, que todavía me persigo por las noches, incapaz de volver a aquel lugar, recordando la ficción de mis visiones, los fantasmas que veo donde no los hay, por la simple mera sintaxis de ver ¡algo más!, en esos ojos, en esa boca, en esa piel… no había, no había nada. El objeto de mi obcecación era eso, un puro objeto lleno de nada. Su interior era turbio como esos ojos, perverso, mediocre. Mi mirada buscaba ángeles en el infierno. Imposible era, imposible de encontrar. Aun así, a veces, sólo a veces, recuerdo el vacio.

DG.

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